Contreras, en Irreverentes

contreras

 

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Contreras

—El problema es la rigidez del mercado laboral. Ahora mismo, si tú quieres echar a un tío a la calle te resulta casi imposible.

—Yo no quiero echar a nadie.

—Es un suponer, coño.

—¿Tú has tenido que despedir a alguien?

—¿Con la crisis? A media plantilla.

—Entonces no será tan imposible despedir, ¿no?

—Venga, eso es demagogia…

 

La palabra demagogia en la boca de Luis Contreras me resulta postiza, fuera de lugar, prestada, un poco extraterrestre. Yo creo que es por culpa de la televisión, porque Luis Contreras no ha dicho demagogia en su vida. Es una palabra ajena a su existencia, como lo son pistilo o metonimia o cutícula: términos innecesarios para el mantenimiento de su razón vital, que es el correcto funcionamiento de su empresa. Para el resto del mundo quizá se trate de otra empresa pequeña de las trescientas dieciséis censadas en el polígono industrial que compartimos, pero para Luis Contreras su negocio es la medida de todas las cosas, el sistema métrico decimal, el aleph en que todo confluye y se mezcla y tiene su principio y su fin.

—Despido libre, con eso se arreglaba todo. Si a ti un tío te trabaja y te  hace las cosas como es debido ¿por qué le vas a despedir? El problema es que con la antigüedad la gente se malea, que a mí me ha pasado. Gente que te iba un sábado, que se te quedaba una hora si hacía falta, y ahora no puedes contar con ellos más que lo justo y necesario, y todo con malas caras.

Luis Contreras sufre una hipertrofia del ego que le lleva a considerar a sus empleados como apéndices de su propio esqueleto, seres sin vida independiente. No dice llegan tarde; dice: me llegan tarde, me gastan mucho papel, me respiran más de la cuenta, me desgastan demasiadas células… Si yo fuese el hombre valiente que creo ser algunas noches esplendorosas e infrecuentes mandaría a Luis Contreras a tomar por el culo. Pero como un par de veces al mes ocupa el reservado para comer con clientes y se deja una pasta en copas casi todas las tardes, y como sé que su puesto sería ocupado de inmediato por otro elemento de su misma catadura porque gilipollas nunca faltan en un bar de polígono, le invito a la segunda cerveza y le dejo pontificar un rato sobre el despido, sobre los impuestos, sobre los usureros de los bancos, sobre su triste y anodina vida.

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