La madera de Graves, en el número de Granite&Rainbow

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La madera de Graves
Robert Graves vivió en Deià entre 1929 y 1936. Se marchó de Mallorca con el comienzo de la guerra civil; regresó a la isla en 1946 y allí murió en 1985. Bautizó a su casa Canelluñ. Sobre la repisa de la chimenea guardaba un  trozo de madera que, según Graves, pertenecía a un árbol talado del jardín de Shakespeare.
En Experience, Martin Amis relata su visita, no anunciada, al poeta galés en 1968. El amigo que le acompaña en la excursión, inquieto ante un posible recibimiento hostil, le pregunta cómo debe dirigirse a Graves. “No te preocupes. Trátale como si fuera un dios.” (La explicación de Amis para presentarse en casa de Robert Graves sin previo aviso es que su  explicación real: uno se permite estas actitudes si su padre es uno de los escritores más famosos de Inglaterra. Resto de los mortales, mejor abstenerse.)
Graves llegó a Deià en 1929. Gertrude Stein le había hablado de la isla; supongo que la conversación incluiría idílicas ensoñaciones de una vida tranquila, sencilla y barata (no consta, o yo no lo conozco, el contenido del diálogo.) Para entonces ya había publicado, con éxito notable, Adiós a todo eso, su libro autobiográfico sobre la Gran Guerra. Él se consideraba, ante todo, un poeta; pero la prosa le daba fama y reconocimiento y, lo más importante, constituía una fuente de ingresos económicos de los que Graves no anduvo sobrado hasta edad avanzada. “Crío perros para darme el gusto de tener un gato”, decía con frecuencia. Los perros, claro, eran las novelas y los ensayos, que daban de comer a la poesía, el gato consentido y caprichoso de la familia.
En 1932, Graves comenzó a criar a su perro campeón; en su hocico grabó una frase de inicio genial: “Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestar todavía con todos mis títulos)…” Yo Claudio convirtió a Graves en un escritor famoso muchos años más tarde, pero en un primer momento sirvió para pagar las obras de Canelluñ y construir un hogar digno de la sociedad literaria que constituían Robert Graves y Laura Riding.
Laura Riding y Graves no estaban casados. Fue su legítima esposa, Nancy, quien acompañó a Graves en su visita a Thomas Hardy, en 1920. Viajaban hacia el sur, de Oxford a Devon, en bicicleta. En palabras de Graves: “Empaquetamos unas cuantas cosas y emprendimos el paseo en dirección a Devon. Las noches eran frías y, por no haber llevado mantas, pedaleábamos de noche y dormíamos de día. Atravesamos la llanura de Salisbury, a la luz de la luna, pasamos Stonehenge, y varios campamentos militares desiertos que tenían un aspecto verdaderamente espectral…” ¡Ahí está el poeta! Una pareja pedaleando a la luz de la luna, con las milenarias moles de piedra de Stonehenge como fondo: esa es la imagen (y, sin embargo, puede no ser verdadera; quizá pedaleaban a plena luz del día, rodeados de campesinos que se dirigían a sus tierras de labor. Confiemos en la escritura de Graves, pero mantengamos la sospecha ante lo que cuenta: quizá el viaje no fue exactamente éste, quizá no dejó nunca de amar a Nancy – a pesar de Laura -, quizá la madera de la chimenea jamás estuvo en el jardín de Shackespeare y era un simple resto hallado en sus paseos por la playa…)
En 1898, Thomas Hardy dejó de escribir novelas y empezó a escribir poemas y a recibir visitas. Todo aquel ciudadano de la vieja Inglaterra que escribía o pretendía hacerlo rindió una visita al hogar de Hardy: Virginia Woolf, T. E. Lawrence, Sassoon, Wells… todos pisaron el suelo de Max Gate (el enorme caserón de Hardy) como si necesitasen la bendición del novelista retirado para decidirse a crear su propia obra. Cosas de artistas.
Por lo que escribe Graves en Adiós a todo eso, Hardy no descubría los secretos arcanos de la creación a los cachorros de escritor. Si acaso, daba consejos y dejaba comentarios muy genéricos. Comentario a Graves sobre su técnica de escritura: “no he realizado en toda mi vida más de tres esbozos de un poema, antes de fijar su forma definitiva.” Consejo
a Graves (extremadamente original): “lleva siempre papel y lápiz para no olvidar las buenas ideas que se te ocurran.”
No parecen grandes ayudas, pero quién sabe…
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Llegué a Deià temprano. No había sol ni turistas. Cuando abrieron la casa busqué la chimenea casi a la carrera, como si el resto no me interesase (no me interesaba). La madera no estaba. Más tarde, vagué por las calles del pueblo, ridículamente decepcionado por la ausencia de un objeto sin importancia y cuya inexistencia, de algún modo, ya sospechaba. La visita me parecía una pérdida de tiempo: más me habría valido quedarme en la playa, con los demás.
Entré en una cafetería a desayunar, cerca de la casa de Graves. Sin que yo preguntase, mientras esperaba mi tostada, el camarero me contó como el poeta tomaba allí el aperitivo con frecuencia; pero la mugrienta carta aseguraba “En Deià, desde 1989.” Mordisqueé la tostada y salí: no tenía ganas de escuchar el tintineo de las dos máquinas tragaperras ni las gilipolleces del camarero.
Elegí una vieja tasca, quizá la más antigua del pueblo, para pedir otro café. Dos hombres conversaban y miraban por la ventana; por su edad, ellos sí habrían conocido al galés. En el local reinaban el silencio y la penumbra y un ambiente de pub portuario muy británico, o yo lo imaginé así. Pregunté al camarero. “¿Graves? –respondió.- Sí, creo que paraba por aquí alguna vez, cuando esto lo llevaba mi padre.”
Detrás del mostrador, entre la caja registradora y las botellas de ginebra, colgaba un trozo de madera negruzco, como de medio metro de longitud. “Curioso adorno, esa madera, ¿no?”, opiné. “¿Eso? Lo colocó ahí mi padre, hace un montón de años, vaya usted a saber de dónde lo sacaría… Le gustaba mucho. Cuando dejó el bar me hizo prometerle que no lo retiraría de su sitio, y ahí lo tiene usted: una promesa es una promesa…”
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