El lugar exacto

 

En un crucero, la depresión es como una mosca que flota en un tazón de sopa: algo inesperado, sucio y, en cierto modo, violento.

Yo sufría una depresión vagamente diagnosticada para la que seguía un tratamiento ineficaz que combinaba fármacos y conversación. La iniciativa del crucero se le había ocurrido a Marta como un complemento para mi recuperación, convencida de una idea absurda que goza de un éxito enorme entre los no deprimidos: que la alegría se contagia por contacto, como las infecciones de la piel.

—Todo el mundo lo pasa muy bien en los cruceros. ¡Hay tantas cosas que se pueden hacer!

El crucero resultaba barato porque lo habíamos reservado con mucha antelación o muy a última hora o porque una amenaza nuclear se cernía sobre el Caribe, no lo recuerdo.

A esas alturas, resultaba paradójico el recuerdo de lo primero que me había atraído de Marta: su alegría arrolladora, con la autenticidad y la inocencia que uno observa en esas tribus perdidas de los suplementos dominicales y los documentales de televisión. Yo trataba de participar con la mejor voluntad, en atención a los restos de mi amor hacia ella, en las actividades que eran, en efecto, abundantes hasta la extenuación. Nada inesperado. En realidad, lo único anómalo en el barco era yo.

Como no existen ni felicidad ni sufrimiento perfecto, a la llegada a Acapulco tuve un golpe de suerte: caí enfermo.

Era el Día de los Difuntos y la visita a la ciudad resultaba imprescindible. Animé a Marta a dejarse acompañar por una pareja con la que habíamos entablado una de esas amistades superficiales que propician los viajes organizados y me quedé solo, con mi fiebre y mis vómitos.

A mediodía me llegó una videollamada. La imagen fija de una lápida y después la cara de mi madre apareciendo por un costado.

—Jorge, te echamos de menos este primer año que faltas a ver a papá.

Mi padre había muerto antes de que yo cumpliese cinco años. No tenía recuerdos suyos. Tenía su tumba, algunas fotografías, un puñado de historias magnificadas por el paso del tiempo y un número infinito de visitas al cementerio

Aproveché mi fiebre para cortar la llamada de inmediato. Me sumergí en un sueño inquieto y fronterizo del que desperté al cabo de una hora. El dolor me trababa los huesos pero necesitaba huir del camarote, pequeño y opresivo.

La enfermedad había convertido los pasillos en un laberinto irresoluble. Buscaba el bar principal (Excelsior, nada menos) pero no encontraba a nadie a quien preguntar. Me limité a seguir los carteles:

HALLOWEEN PARTY TONIGHT

En un buen momento, podía beber seis Martini seguidos. Estaba en un momento horrible pero los bebí igual.

—¿Tiene usted prisa por ver a Diosito, señor?

No conocía a nadie de la tripulación pero conocía a Fidel, el camarero.

—Si ahora se hundiese el barco creo que sería el único pasajero entre los ahogados. Mi Titanic privado.

—Cierto. Todo el mundo ha bajado a tierra por los Difuntos. Es una gran fiesta aquí, en México.

A mi espalda, tres monitoras abarrotaban el salón de esqueletos, telarañas y vampiros.

—Esto no existía en España cuando era niño.

—Tampoco aquí. Pero ya ve: los gringos saben vender, ese es su secreto.

Recibí una fotografía en el móvil. Mamá, mi hermana y los dos niños ante la tumba. Jorge Gálvez. 1941-1985. DEP.

—Mire, las catrinas.

Catrinas, calaveras y diablitos se paseaban por el muelle, ajenos a las cámaras voraces de los turistas. En mi cabeza febril y alcoholizada formaban un todo con el mármol de la tumba de mi padre y con los horrores de plástico que ya nos rodeaban en el bar. Tres representaciones de la muerte.

Cuatro, contándome a mí.

Me tambaleé y caí de la banqueta. Fidel, como un improvisado enfermero, me llevó hasta un sofá. Como no había ningún otro cliente, se sentó a mi lado.

—¿Conoce Tupirané?

Dije que no o moví la cabeza.

—Nada cambia cuando te trasladas, eso dicen, que te llevas tus problemas contigo. Pendejadas. Tupirané es el paraíso, créame. Un refugio para gente perdida que transforma su vida. A una hora de coche de aquí, hacia el sur. Una playa, casas de madera, un camino de tierra y la vida a tu disposición. Ni teléfono tienen ¿sabe? Cualquier día saldré de esa barra y me instalaré allí, a pescar, a plantar verduras, a hacerle el amor sin prisa a mi morrita… Le aseguro que todos tenemos un lugar en el que somos felices sin poder remediarlo, nuestro sitio natural. Yo lo llamo el lugar exacto. Tupirané es mi lugar exacto.

***

Me tumbé desnudo sobre la cama. Las sábanas se empaparon de sudor en unos minutos y me deslicé hasta el suelo. El techo blanco del camarote era una pantalla en la que se sucedían escenas como en un sueño, aleatorias e inconexas. Cruces, calaveras, Jorge Gálvez, vampiros, sangre falsa, DEP. Y después, una playa, casas de madera, el rumor de las olas, una hoja con el membrete de la compañía marítima y un mensaje para Marta, No voy a volver o Me he lanzado al mar, cualquier cosa. Cuentas, cálculos, cuánto tiempo podría vivir con el dinero que, qué podría hacer yo si decidía…

La vida como ficción, el autoengaño, las fantasías que nunca nos atreveremos a convertir en realidad.

Arrojé los martinis en un vómito espeso y dormí toda la tarde. Al despertar, dibujé una palabra en el suelo con la pasta espesa que se había formado junto a mi cabeza: Tupirané.

Fidel me ayudó a llenar la mochila, yo no estaba en condiciones de arrastrar una maleta. Trató de convencerme, mejor mañana, amigo, pero no había mañana, al día siguiente el barco habría puesto rumbo a otro lado, era el momento exacto para el lugar exacto.

El camarero pidió un taxi de confianza, le dio una dirección al conductor, fijó un precio.

Dos calaveras famélicas nos saludaron al salir del puerto, hacia la carretera de la costa.

 

 

 

 

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