La otra noche

 

El viajante de la Singer ha asegurado que en cinco días recibirán la máquina nueva. Por eso, Gabriela y las chicas están trabajando en el taller mientras los demás celebran el Día de los Difuntos.

Esta vez no tendrá que pedir nada prestado. Guarda el dinero bajo la baldosa que pisan las patas delanteras de la máquina. Gabriela tiene una máquina y dos chicas que la ayudan y que saben coser tan bien como ella misma porque han tenido la misma maestra: la vieja Neta, que a lo mejor no es tan vieja porque nadie, ni siquiera ella misma, sabe su edad.

Como su propia madre murió antes de que Gabriela cumpliese el primer año, Neta es, más o menos, su madre y las chicas son, más o menos, sus hermanas.

De no existir en el mundo otra cosa más que el taller, Gabriela sería feliz esta mañana. Pero no lo es. Porque la otra noche Matías la apaleó como a un perro.

No estaba borracho; traía algo en la cabeza que le enloquecía. Lo sabe porque cuando bebe Matías no trae ganas y la otra noche sí las traía, unas ganas imposibles de sujetar. Había entrado en ella, rápido y brutal; le habían bastado unos cuantos empujones para estar listo. Después, los golpes. No golpes de alcohol, sino de rabia, y palabras crueles que herían como cuchillas.

A Gabriela le brotan unas lágrimas pesadas a las que les cuesta abandonar los párpados. Entonces comienza a tararear la música. Cascanueces se llama, lo dice la funda de cartón del disco.

Nunca ha sabido cómo se baila esa melodía pero imagina a las niñas que aparecen en la cubierta, gringas y esbeltas, saltando de un lado a otro, ligeras y sonrientes. Recuerda el sonido de la música en el tocadiscos de Neta, con el crepitar que produce la aguja al rozar sobre el vinilo, tan parecido al chasquido de la madera al arder en la hoguera que se enciende en la plaza el día de Navidad.

—Déjenlo ya —pide a las chicas—. Es hora de comer.

Las hermanas cotorrean sobre novios y Gabriela dice alguna palabra para no parecer ausente. Luego, busca la sombra del muro que rodea el patio y se sienta junto a la puerta trasera. Desde allí ve a la Mamá que sube por el camino, oronda y jadeante.

Alguna vez, la familia de la Mamá fue rica. Rica para un pueblo como aquel: una casa grande, la mejor taberna, gallinas, cerdos, un terreno cercado con veinte plataneros. Todo, salvo la casa, bebido, jugado y perdido por el marido de la Mamá, primero, y después por Matías y sus hermanos.

Gabriela abre la puerta a su suegra. El olor a sudor no oculta el eterno perfume de violetas; el polvo del camino reseco ha salpicado el borde de la falda y ha convertido en grises unos zapatos negros que suelen estar maniáticamente limpios. Gabriela siempre ha temido a esa mujer rechoncha, más baja que ella pero cuyos ojos la miran desde una altura sideral.

La Mamá lo observa todo con desdén; se necesita haber despreciado mucho a lo largo de la vida para mirar como ella lo hace.

—A mi hijo van a joderle bien. Cosas de hombres. Ellos hacen sus negocios y unas veces las cosas salen bien y otras, mal. Hay una deuda y, si no se paga, a Matías van a cortarle a trocitos. Me lo van a hacer carne picada.

La voz de su suegra parece quebrarse durante un segundo, apenas nada. Gabriela no necesita que le cuente más. Ya lo conoce. Ha visto a su padre llegar a casa con los dedos de una mano cortados y el terror metido en los huesos para siempre.

—Tú tienes la plata y sabes lo que tienes que hacer.

A Gabriela las palabras se le escapan. Cuando quiere sujetarlas ya están dichas.

—Es mi dinero. Mío y de las chicas. Nos hace falta.

La Mamá ha salido del patio sin despedirse y ya se aleja camino abajo cuando se gira para responder:

—Tú no tienes nada tuyo.

****

Cuando empiezan a encenderse las luces en el pueblo, Gabriela escapa de las cuatro paredes del taller.

Las catrinas y las calaveras corretean las calles. Las mujeres mayores conversan sentadas sobre las mantas que han extendido en el suelo. Ella desvía su camino para pasar por la puerta de las tabernas. Le llega el alboroto y un olor que resulta pestilente, a alcohol derramado y a tabaco rancio. En una de ellas estará Matías; en otra (o en la misma) los hombres que esperan a cobrar o a matarle.

Cuando regresa al taller tiene los pies doloridos y se tumba sobre las telas a contemplar el techo y no dormir.

Por las ventanas se cuelan el olor a guiso pobre de las cocinas y los ladridos de los perros famélicos. Huele a miseria y a aceptación. El aire cálido de la noche de México sobrevuela los techos de las casas y lleva hasta Gabriela la única palabra que no puede soportar: resignación.

****

Cuando empuja la puerta entornada, encuentra a Matías tumbado sobre la colcha de la cama, vestido. Tiene la pechera manchada de comida o de vómito. Mira su cara y puede adivinar cuál será su aspecto cuando llegue a viejo. El miedo devora la vida de un hombre como un gusano enorme y hambriento.

—¿Lo perdiste en el juego?

Matías la observa, aturdido.

—Lo perdí, ¿qué más da cómo?

Gabriela pasea la mirada por la habitación. Un espacio para la intimidad. Para el amor. Saca el fajo de billetes y lo lanza sobre el pecho de Matías.

—Me he quedado con una parte. La necesito para pagar el camión que recogerá las máquinas y para los billetes de autobús de las cuatro.

—¿Te vas a la ciudad? —balbucea Matías.

Gabriela se encoge de hombros.

—No saldrás adelante, cargada con esas dos inútiles y con la vieja. Ni siquiera tenéis donde dormir. ¿Y qué pensáis comer?

Gabriela observa la habitación, la sala, la cocina. No tiene mucho que llevarse; tampoco tiene una maleta ni una bolsa. Observa, como si las viese por primera vez, las paredes que Matías nunca quiso pintar. Mira a su marido y encuentra una respuesta que le arroja con la voz resuelta de quien ya no puede perder nada.

—Mierda, Matías. Comeremos mierda.

 

 

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