Poesía reunida

El amor en los tiempos del whatsapp

Voy a verte. He comprado un billete
de oferta en Ryanair (treinta y nueve
noventa, maleta de cabina).
Y ahora no sé si quiero conocerte
y descubrir el tacto de tu piel,
el color de tu pelo sin filtros
(app gratuita), el sabor de tus besos
inventado, soñado, tan perfecto
en las palabras compartidas de la
pantalla, ahora real, menta
o tabaco o alcohol nocturno.
Quizá no quiera que seamos verdad,
acostumbrado a la seguridad,
a la distancia, al perfecto refugio
del smartphone, cinco pulgadas,
conexión cuatro g y felicidad,
garantía segura de dos años.

 

 

Insomnio

En mi insomnio cabalgan los potros de la noche.
Me zarandean y vuelo, frágil,
y no llegamos a ninguna parte,
y no me llevan a ningún destino
y me dejan, perdido,
perdido como siempre,
naúfrago y extranjero en las orillas de la mañana.

 

 

Canción de cuna para una madre que llegó en patera

Duerme, duerme, negrito,
que tu madre está en el campo, negrito.
Duerme, que tu madre ya ha pisado la arena
de la playa, ropa empapada y en los huesos
los cuchillos helados de la alevosa noche.
Duerme, negrito, que tu madre ha cruzado
la arena inabarcable del desierto
y ha surcado el mar, tumba o camino
o ciego pudridero de turistas.
Negrito, duerme, que tu madre ha caído
y ha emergido de los pozos sombríos
de la crueldad y el torpe desamparo.
Duerme, duerme, negrito, que tu madre
ya subasta su carne en las esquinas
desdentadas y romas de la ciudad
o entre las uniformes naves obreras
(28021 Madrid, Polígono Marconi,
treinta euros follar, veinte chupar).
Duerme, rey africano, señor de la sabana,
luz de estrella en los ojos, piel dorada,
duerme y despierta y busca lo que esconde
la tierra de tu madre, más allá
de la decrepitud y de la nada.

 

 

Necesitamos más telebasura

Para no conversar. Para no vernos
obligados a inventar mentiras,
necesitamos más telebasura.
Necesitamos gritos y colores,
intercambios vacíos de palabras
y voces (sálvame, soy un náufrago).
“Estamos en la puerta de…” y añadimos
el nombre de un torero o un cantante
o un famoso gratuito o una
antigua pareja desengañada
y ácida. Todo nos vale, amor,
si es para proteger nuestro refugio
de silencio en común y aburrimiento.
Ahora prepararé una cena fría
y dos vasos de vino o dos cervezas
sobre la mesa baja del salón,
y seremos felices y lejanos
y sálvame, que voy nadando a ti.

 

 

Ítaca es una vía de circunvalación

Cada jornada recorro el camino
que me lleva hacia ti. Ocho kilómetros
y medio de arriscada M30.
La M30 es una carretera
redundante que rodea Madrid
(esto lo explico por los forasteros).
Febril, apuro el brío de mi nave,
velero esbelto o Toyota Corolla,
ansioso por hallar el calor de tu
cuerpo, cada hueco secreto de tu
piel, por enlazarme a ti una eternidad
de dos horas o una tarde completa.
El deseo, cronófago feroz,
me llevará a las puertas de la noche.
Agotado, me alejaré de ti
para volver al rincón que me esconde
del tedio, el día y la espera,
salida 7A, calle de O’Donnell.

 

 

En el amanecer,
un cuchillo de luz
rasga el oscuro velo
que cubrió nuestros cuerpos
durante breves horas                                                                                                              de pasión y silencio.

 

Nos separa un océano de diez centímetros.
Un abismo, que es un pliegue en la sábana, me aleja de ti,
y un muro se levanta entre nosotros
(de cemento o de acero o de silencio)
que yo no sé romper
y que me aplasta 
con el peso siniestro de su sombra.
Quiero llegar a ti pero no encuentro
vehículo o alas en mi espalda
que me lleven, 
explorador eterno,
a la costa contraria de tu cama.

 

Había tanto amor en esta casa.
Mano con mano limpiábamos cristales
(Vileda y Cristasol, nada de marca blanca:
era amor de verdad),
pulíamos el tablero de la mesa,
las patas de las sillas, los espejos,
lo lustrábamos todo.
Nos gustaba la vida cotidiana.
Apenas cocinabas ocho o diez platos
pero estaban ricos y luego,
entre las sábanas,
tu piel olía a salsa
y a crema de Nivea.
Había amor en la casa
cuando estabas en ella.
Un día te marchaste (o te eché,
o te expulsó mi vida incompartible).
Ahora recorro las habitaciones
y todo es ruina sin grandeza,
mugre y silencio y lejía del chino,
vino barato y latas de conserva.

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