Una visita de Mr. Scrooge

—Ha llegado Scrooge, querido —anunció Catherine a la puerta entreabierta que se veía al fondo del pasillo—. Lleva todo el día trabajando en esa dichosa historia sobre Martin Nosequé. Ebenezer, a ver si usted es capaz de sacarle de su madriguera.

            El hombrecillo, extremadamente menudo, entregó el abrigo que le ocultaba casi por completo y golpeó con los nudillos la puerta del estudio pero entró sin esperar respuesta.

            —¡Charles Dickens, el hombre más trabajador de Inglaterra! Ni siquiera descansa la víspera de Navidad.

            —¿Navidad? Bah, paparruchas —respondió el escritor mientras remataba una última línea en la página que tenía delante, cubierta de borde a borde por hileras de palabras apenas legibles y violentas tachaduras que convertían el texto en un galimatías.

            —Chuzzlewit parece que se resiste —dijo Scrooge, mientras golpeaba el hombro de su amigo.

            —Es como una condena. Creo que no terminaré nunca esta novela.

            Ebenezer Scrooge sacó del bolsillo interior del chaleco una bolsita de tabaco y la depositó sobre el escritorio.

            —Descansa un rato y fuma una pipa conmigo. A veces, estar ocioso es lo más productivo. Se lo digo a Bob cada día: el exceso de trabajo es el camino más seguro para hacer las cosas mal.

            Bob Cratchit era, desde hacía casi una década, pasante en el despacho del abogado Scrooge; un negocio no demasiado próspero por la tendencia del letrado a defender causas perdidas, comerciantes sin dinero, viudas sin renta, huérfanos sin herencia y, en definitiva, a clientes sin capital alguno con el que pagar sus servicios. Una actitud que Cratchit le recriminaba siempre que tenía ocasión porque, en el deseo de aumentar el caudal de monedas que llegaba al cajón, el empleado aventajaba con mucho al empleador.

            —¿Cómo está el hijo de Cratchit, el pequeño Tim? —preguntó Dickens.

            Scrooge sacudió la cabeza.

            —Muy enfermo. Y lo peor es que su padre no quiere asumirlo; solo piensa en el trabajo. Hoy casi he tenido que llegar a las manos para conseguir que mañana se tome el día libre. ¡Pretendía trabajar al menos medio día de Navidad! No sabe lo afortunado que es por tener una familia. No lo sabe…

            —Creo que valoras demasiado la vida familiar, Scrooge. Se nota que no tienes una esposa y cuatro hijos a los que atender y alimentar.

            Ebenezer Scrooge caminó hasta la ventana y se concentró en la nieve que se acumulaba en la calle, lenta y constante. No quería que su amigo viese cómo se le humedecían los ojos. Hacía ya más de veinte años que su hermana Fan, a la que adoraba, había muerto a consecuencia del parto que había traído al mundo a su sobrino Fred que era desde ese día, puesto que él nunca había creado una familia propia, toda la familia con la que contaba en este mundo. Con Fred y con su reciente esposa iba a compartir la comida de Navidad, una oferta de compañía más que generosa por tratarse de una pareja de recién casados.

            —La Navidad es una bonita época del año —dijo al fin—.Deberías escribir algo sobre ella.

            —¿Un cuento de Navidad? Pero Scrooge, ¿a quién demonios puede interesarle ese tema?

            —A más gente de la que crees. Albert, el esposo de nuestra amada reina Victoria, ha ordenado adornar un enorme abeto en el jardín de palacio. Al parecer, se trata de una costumbre muy apreciada en su Sajonia natal. Pues bien: el éxito es enorme y la muchedumbre se agolpa en el exterior para contemplar el árbol.

            —Bah, paparruchas —repitió Dickens. Pero su cerebro había empezado a calcular las posibles ventas de un relato que, si se aplicaba con tesón, podría escribir en apenas un par de semanas. Además, descansaría durante unos días de ese condenado Martin Chuzzlewit…

            Los dos hombres callaron un instante, concentrados en el aroma que desprendía el tabaco que se quemaba en sus respectivas pipas.

            Catherine entró en el estudio con dos copas de ponche y una bandeja de dulces.

            —¿Ya le ha contado Charles que hace unos días soñó con una historia de fantasmas? Algo realmente aterrador.

            —Mrs. Hogarth, me temo que su esposo no es muy dado a contar lo que pasa por su imaginación. Prefiere escribirlo.

            —No lo imaginé —dijo Dickens—. Fue un sueño, pero tan vívido y real que desperté temblando, te lo aseguro.

            El escritor levantó la mirada tratando de evocar aquello que tanto le había perturbado una cuantas noches atrás.

            —Fue algo extraño —continuó—. No era una de esas historias de fantasmas escoceses de Scott. De algún modo yo estaba presente y los espectros, pues eran más de uno, me zarandeaban, me hacían volar, me llevaban en volandas de un lado a otro, y trataban de decirme algo con sus bocas mudas y sus miradas de infinito terror.

            —Trataban de decirte que no deberías trabajar tanto —bromeó Scrooge, que volvió a mirar por la ventana—. La nieve arrecia: si no salgo ahora, no llegaré a mi casa. Charles, piensa en lo que te he dicho: Navidad, ¡la Navidad es el futuro! —y dicho esto, estalló en una carcajada.

            Una vez que el visitante hubo salido Dickens volvió a su refugio, pero esa tarde no fue capaz de retomar el trabajo. “Navidad”, murmuraba; “Navidad y fantasmas”, repetía una vez tras otra. Finalmente, retomó la pluma, cogió un papel limpio de la resma que tenía delante y escribió ambas palabras y después, sin saber dónde podían llevarle, los nombres de Tim y Bob Cratchit y, al final, en letras bien gruesas, el nombre de su amigo Scrooge.

            Barruntó unos minutos sin dejar de contemplar la página, como si la historia estuviese ya escrita en las fibras del papel. “Bien, ya pensaré algo”, decidió. Y, súbitamente alegre, se acercó al comedor en busca de la cena.

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Poesía reunida

El amor en los tiempos del whatsapp

Voy a verte. He comprado un billete
de oferta en Ryanair (treinta y nueve
noventa, maleta de cabina).
Y ahora no sé si quiero conocerte
y descubrir el tacto de tu piel,
el color de tu pelo sin filtros
(app gratuita), el sabor de tus besos
inventado, soñado, tan perfecto
en las palabras compartidas de la
pantalla, ahora real, menta
o tabaco o alcohol nocturno.
Quizá no quiera que seamos verdad,
acostumbrado a la seguridad,
a la distancia, al perfecto refugio
del smartphone, cinco pulgadas,
conexión cuatro g y felicidad,
garantía segura de dos años.

 

Insomnio

En mi insomnio cabalgan los potros de la noche.
Me zarandean y vuelo, frágil,
y no llegamos a ninguna parte,
y no me llevan a ningún destino
y me dejan, perdido,
perdido como siempre,
naúfrago y extranjero en las orillas de la mañana.

 

Canción de cuna para una madre que llegó en patera

Duerme, duerme, negrito,
que tu madre está en el campo, negrito.
Duerme, que tu madre ya ha pisado la arena
de la playa, ropa empapada y en los huesos
los cuchillos helados de la alevosa noche.
Duerme, negrito, que tu madre ha cruzado
la arena inabarcable del desierto
y ha surcado el mar, tumba o camino
o ciego pudridero de turistas.
Negrito, duerme, que tu madre ha caído
y ha emergido de los pozos sombríos
de la crueldad y el torpe desamparo.
Duerme, duerme, negrito, que tu madre
ya subasta su carne en las esquinas
desdentadas y romas de la ciudad
o entre las uniformes naves obreras
(28021 Madrid, Polígono Marconi,
treinta euros follar, veinte chupar).
Duerme, rey africano, señor de la sabana,
luz de estrella en los ojos, piel dorada,
duerme y despierta y busca lo que esconde
la tierra de tu madre, más allá
de la decrepitud y de la nada.

 

Necesitamos más telebasura

Para no conversar. Para no vernos
obligados a inventar mentiras,
necesitamos más telebasura.
Necesitamos gritos y colores,
intercambios vacíos de palabras
y voces (sálvame, soy un náufrago).
«Estamos en la puerta de…» y añadimos
el nombre de un torero o un cantante
o un famoso gratuito o una
antigua pareja desengañada
y ácida. Todo nos vale, amor,
si es para proteger nuestro refugio
de silencio en común y aburrimiento.
Ahora prepararé una cena fría
y dos vasos de vino o dos cervezas
sobre la mesa baja del salón,
y seremos felices y lejanos
y sálvame, que voy nadando a ti.

 

Ítaca es una vía de circunvalación

Cada jornada recorro el camino
que me lleva hacia ti. Ocho kilómetros
y medio de arriscada M30.
La M30 es una carretera
redundante que rodea Madrid
(esto lo explico por los forasteros).
Febril, apuro el brío de mi nave,
velero esbelto o Toyota Corolla,
ansioso por hallar el calor de tu
cuerpo, cada hueco secreto de tu
piel, por enlazarme a ti una eternidad
de dos horas o una tarde completa.
El deseo, cronófago feroz,
me llevará a las puertas de la noche.
Agotado, me alejaré de ti
para volver al rincón que me esconde
del tedio, el día y la espera,
salida 7A, calle de O’Donnell.

 

 

Cuchillo

En el amanecer,
un cuchillo de luz
rasga el oscuro velo
que cubrió nuestros cuerpos
durante breves horas                                                                                                              de pasión y silencio.

 

 

Travesía

Nos separa un océano de diez centímetros.
Un abismo, que es un pliegue en la sábana, me aleja de ti,
y un muro se levanta entre nosotros
(de cemento o de acero o de silencio)
que yo no sé romper
y que me aplasta 
con el peso siniestro de su sombra.
Quiero llegar a ti pero no encuentro
vehículo o alas en mi espalda
que me lleven, 
explorador eterno,
a la costa contraria de tu cama.

 

 

Limpiacristales

Había tanto amor en esta casa.
Mano con mano limpiábamos cristales
(Vileda y Cristasol, nada de marca blanca:
era amor de verdad),
pulíamos el tablero de la mesa,
las patas de las sillas, los espejos,
lo lustrábamos todo.
Nos gustaba la vida cotidiana.
Apenas cocinabas ocho o diez platos
pero estaban ricos y luego,
entre las sábanas,
tu piel olía a salsa
y a crema de Nivea.
Había amor en la casa
cuando estabas en ella.
Un día te marchaste (o te eché,
o te expulsó mi vida incompartible).
Ahora recorro las habitaciones
y todo es ruina sin grandeza,
mugre y silencio y lejía del chino,
vino barato y latas de conserva.

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Jane Austen y Emily Brontë toman el té en terreno neutral

-Cortejo y matrimonio. Pasión: cero. ¿Sabes lo que dijo Charlotte?
-¿Lo del jardín vallado y cultivado y nada de aire fresco…? Tonterías. Austen es la diosa del amor desde hace doscientos años. Lo sabe todo el mundo.

Han encendido una hoguera para protegerse del frío. El fuego dibuja sombras en las paredes de la fábrica abandonada. Es un espacio inmenso. El eco multiplica el sonido que provoca la madera al astillarse y lo convierte en una sucesión de breves perdigonazos y explosiones violentas.
Están solas en el edificio.
Jane no teme la llegada de otros vagabundos; no le asustan ni la oscuridad ni el frío. Jane solo teme a las ratas. Emily tiene al alcance de la mano un tubo de acero y en el bolsillo guarda la navaja suiza que encontró en el armario de su padre.

-Y todas esas niñas babeando detrás de los relamidos de sus novios. ¡Por Dios! Me ponen enferma, ¿es que no tienen vida propia? ¿Sabes con que edad casan a Lydia Bennet? ¡Dieciséis años! Roza la pederastia.
-Las chicas se casaban muy jóvenes entonces, no solo en las novelas de Austen.
-Y toda esa fijación con el dinero y la dote… Llevan una calculadora dentro de las bragas.
-¿Sabes lo que ocurre? Que saben diferenciar el amor y la obsesión. No son enfermas mentales. Si el amor fuese como lo pinta Brontë, eso que hay entre Catherine y Heathcliff, el género humano ya se habría extinguido.

Apenas tienen nada. Llevan algo de ropa en las mochilas, las cazadoras que no se han quitado y un poco de comida que se terminará con el desayuno de la mañana siguiente. Tienen seiscientos euros. Tienen también las bolsas con los libros. Orgullo y prejuicio y Mansfield Park en la de Jane; el resto de las novelas se ha quedado en la estantería, no pueden cargar con demasiado peso. Emily lo ha tenido más fácil: Cumbres borrascosas en edición de Alianza, nada de tapa dura.

-Será mejor que lo dejemos, Emily. No podemos malgastar energías.

Tienen la euforia de la libertad y, por encima de todo lo demás, la borrachera interminable de su amor.
Emily canturrea en voz muy baja, apenas un susurro, para ahuyentar el silencio cargado de sonidos extraños. Por las esquinas algo corre, algo se desliza pared abajo; el metal herrumbroso chirría en las alturas.

-Empieza a hacer frío -dice Jane.

Emily la rodea con los brazos y las piernas. Aspira con fuerza el olor a cuero de la chaqueta de Jane y recuerda el día que la conoció. Una chica estrafalaria, pensó. Una rara.
Luego, otra tarde, no mucho después de aquel primer día, hablaron de Austen y de Brönte, y cayó un meteorito en sus vidas. La gran extinción; la desaparición de todo aquello que no fuese ellas dos.
Emily besa a Jane en el pelo. Un beso fugaz, de niña pequeña.

-¿Sabes, Emily? Austen nunca habría hecho esto.
-Austen era una pija.

Hace meses que son Jane y Emily; sus viejos nombres ya no les sirven. Nombres abandonados, como la fábrica, para una vida que ya no existe. Nombres vacíos que ya no dicen nada, que no designan a nadie.

-Entonces, ¿a Londres?
-Sí. Y después, a cara o cruz. A Hampshire o a Haworth, con Austen o con Brontë: ya veremos.
Jane arroja un par de maderas a la hoguera. Envidia la seguridad de Emily. Si pudiese, se fundiría con ella. Cosería su piel a la de ella. La devoraría para poseerla, entera, en su interior.
-Y luego trabajaremos de camareras, señorita Jane. Y merendaremos té con pastas todas las tardes.

Y entonces deja de abrazar a Jane, solo un segundo, el tiempo imprescindible para buscar con los dedos ateridos el termo y las dos tazas de plástico en la mochila.

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Crímenes callejeros

La editorial Playa de Ákaba publica la antología Crímenes callejeros, en la que tengo el placer de participar. Entre los autores que me acompañan en el libro están Betina González (premio Tusquets de novela con Las poseídas), Jorge Fernández Díaz (La hermandad del honor, El puñal…) y José Mª. Gatti (Hola, Hemingway)

Mi relato es Abbadón, una historia de venganza y pérdida de control.

(Por cierto: el libro puede comprarse directamente en la web de la editorial: www.playadeakaba.com)

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Irina, de Kiev

 

Diana no se llama Diana, naturalmente: su nombre es Irina y nació en Ucrania. Cree que su nombre falso resulta más sexy pero yo le explico que no, que Irina es un nombre exótico y sugerente, se lo repito de vez en cuando sin convicción ni esperanza porque sé que a sus clientes les importa una mierda si se llama Diana o Irina o si no tiene nombre y ha caído de Júpiter. Como a todas las chicas, si es negra la llaman negra y si es del este la llaman rusa, y con eso vale. La negra de la plaza, la rusa del cruce… Irina es la rusa de la esquina del restaurante.

Yo nunca le he pagado un polvo a Irina ni pienso hacerlo, por una postura ética pero también por una razón práctica: a Irina le gusta cocinar. Algunas mañanas, cuando ya han terminado los desayunos y aún no es la hora de adelantar menús, me siento con
Irina en el borde de la acera y hablamos de comida.

-Los blinis se pueden hacer con casi todos los pescados. Mi madre los hace con salmón, pero yo los prefiero con arenque y huevas, como le gustaban a mi padre, y cocinados al horno en vez de fritos, porque llenan menos. Pero claro, cada uno tiene sus gustos.

Un polvo pagado disiparía nuestra extravagante amistad y no tengo demasiados amigos con los que hablar de cocina.

Irina habla buen español porque estudia Hispánicas en su país. Viste poca ropa o ropa ajustada, según el clima, y con frecuencia me descubro sentado, con mi blusón blanco y mi gorro de cocinero conversando de blinis y leche amarga y bizcochos borrachos con una chica en tanga y con tacones de aguja, que se coloca el bolso sobre las rodillas, quizá por pudor, quizá como un aviso de que está en su hora de descanso y no admite pedidos.

Se permite estos ratos de ocio porque no trabaja para nadie. Es una profesional independiente, algo inusual entre las chicas, sea cual sea su nacionalidad, que siempre tienen detrás un grupo de fieles protectores muy celosos de su rendimiento laboral. Eso sí, Irina paga un dinero por el uso exclusivo de su esquina. Yo pago el alquiler de mi local y ella paga sus metros de acera: la lógica implacable del mercado, el orden de la mano invisible que ajusta y regula e impide que surjan problemas entre las putas, que tienen establecido de manera estricta su sitio y su horario. Adam Smith como vacuna contra la anarquía.

Irina trabaja por temporadas. Durante seis meses explota su éxito a unos metros de mi restaurante; los otros seis meses del año gasta sus ahorros en Kiev, estudia Filología, compra regalos a sus sobrinos, trata a su madre como a una reina, se acuesta de vez en cuando con algún novio fugaz que tiene que ganarse el premio, vive como una mujer alegre y despreocupada. No todo el mundo tiene la valentía de pagar con la mitad de su vida la felicidad de la otra mitad.

Una noche, hace varias semanas, invité a Irina a cenar en mi restaurante. Estábamos solos y cocinaba ella. Borscht caliente. Creo que estaba bueno, pero yo no lo había probado nunca y no tenía con qué compararlo. Irina se había cambiado su ropa de trabajo y vestía un vaquero, zapatillas deportivas, camisa blanca, el pelo recogido en una coleta. La Irina de Kiev ennoblecía un humilde restaurante de polígono.

Muchas horas más tarde, cuando ya habíamos bebido más de la cuenta y nos habíamos mentido nuestras vidas, y cuando nos habíamos arrancado alguna confesión que parecía sincera, la acompañé a su casa. Ante su puerta, despejados por el frío y por el paseo, me regaló dos besos, uno en cada mejilla, y se despidió desde la ventana agitando su mano.

Creo que Irina también sabe en qué consiste nuestro amor.

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Un, dos, tres, umm…

Os dejo enlace a la publicación en Irreverentes (clic en la imagen)

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Y a continuación el texto completo del relato:

Un, dos, tres, umm; cinco, seis, umm; ocho, umm; diez, once, doce, umm…

Mamá me enseñó este juego para ahuyentar el miedo. Ella dice que me lo enseñó una vez que la enfermera tuvo que inyectarme una vacuna pero yo no lo recuerdo, aunque puede que sea verdad porque no me gustan nada las inyecciones. Cuando Ruth sea mayor voy a enseñarle a contar de esta manera, saltando números. Y pienso cantarle también las canciones, sobre todo la de Susanita y el ratón, que es una canción de cuando mamá era niña. Ahora Ruth no entiende nada de esto, porque es pequeña y además tiene lo de la cabeza pero, en cuanto sea como yo y los médicos la hayan curado, se lo va a aprender todo en un pis pas.

Claro está que ella no va a tener que contar números tantas veces como yo; los contará sólo cuando le apetezca o cuando vaya a ver a la enfermera por lo de la vacuna y nada más. Yo he contado muchos números salteados: una vez llegué casi al mil. Pero ella no va a tener que contar números cada vez que papá se ponga enfermo porque papá ya no está.

Papá estaba enfermo de los nervios, eso me ha contado mamá. Los nervios son una enfermedad terrible de la que no te pueden vacunar y que no se cura con una inyección, y hacen que las personas griten y se vuelvan muy raras. Y cuando las cosas se ponen así hay que cantar canciones o contar números para no oír los golpes y las voces y para no hacerse pis en el pijama.

 

—Y las niñas, ¿qué tal lo llevan?

—Ahora está todo más tranquilo, claro. Ruth aún es pequeña y ya sabes el problema que tiene. Laura es muy espabilada; ha visto mucho, la pobrecita.

—Ya… ¿Y qué les has contado?

—Bueno, la verdad es que no sé si he hecho bien pero algo tenía que explicarles. Les he dicho que su padre está en un hospital, muy lejos, y que ya no regresará nunca. Que está tan lejos que no podemos ir a visitarle. Y también les he dicho que piensen en él como si hubiera… muerto.

—Laura, sabes que él volverá algún día. No con vosotras, naturalmente. Pero cumplirá lo suyo y volverá, y querrá ver a las niñas.

—¿Para qué va a querer verlas? Tú conoces a Ruth, has visto cómo está. Es…es…

—Laura… Venga, Laura, ya está. Bebe un poco de agua. Vamos… Esto ya lo hemos hablado; lo de Ruth no es culpa tuya. Siempre será una niña especial y tienes que aceptarlo. Además, sabes que puede evolucionar mucho pero tienes que ser fuerte para ayudarla. Tú no tienes la culpa. Fue él quien…

 

De esa enfermedad de los nervios no se muere nadie, me parece. De todas maneras, mamá dice que es como si papá ya no existiese, que ya no volverá jamás y que tengo que pensar en él como si estuviese muerto. Pero no muerto como el abuelo o como Sansón el hámster, sino muerto de otra manera. El abuelo está en el cementerio junto a la abuela y Sansón está al lado del árbol grande del parque, en un agujero que hicimos Ruth y yo (bueno, en realidad lo hice yo sola porque Ruth no sabe sacar tierra con la pala); pero papá no está enterrado en ninguna parte, está en otro mundo diferente. Es como una película: existe nuestro mundo y el mundo de papá, y es totalmente imposible que los dos mundos lleguen a juntarse.

Una vez escuché a mamá contándole a la tía Blanca que se encontraba muy sola y que era una carga muy grande para ella sola. Las madres no saben que cuando estás dibujando en la cocina no te vuelves sorda y puedes escuchar lo que hablan los demás; a mi amiga Mei, que es española pero también es china, le pasa lo mismo, que se entera de todo lo que hablan sus padres y según dice uno de los temas favoritos que tienen es cuchichear acerca de papá y mamá, y también hablan de Ruth y de un día que papá le dio una patada a mamá en la tripa, no sé qué les importará a ellos, parece que no tienen otra cosa en que pensar.

Mamá se sentía sola pero ahora ya no lo está, porque tiene a Manu. Yo no les he visto darse besos ni nada, pero sé que son novios, no hay que ser la más lista del barrio para darse cuenta. Manu trabaja con mamá en el hospital, creo que es enfermero y pone inyecciones. Estoy segura de que si alguna vez tiene que pincharme no me va a hacer falta contar números, porque pondrá cuidado. Los días que él viene a cenar a casa, mamá baña a Ruth y después Manu me ayuda a lavarme la cabeza, porque arreglar a mi hermana lleva su tiempo y así mamá ya no se queja de lo de la carga para ella sola. Que yo sepa, papá no me bañó nunca, lo más que hacía era gritar “¡Laura, saca a la niña!”, pero claro, papá tenía la enfermedad de los nervios y Manu, no.

 

—Y entonces, ¿él se ha hecho bien a las crías?

—Sí, es muy cariñoso con ellas, es un sol.

—Te lo dije, Laura: la vida no es un collar, con una cuenta enganchada a la siguiente, y el día que el collar se parte van todas al suelo y todo está perdido. No es así. La vida está compuesta de una cantidad enorme de momentos sucesivos pero independientes unos de otros y tu infelicidad de los últimos años no la determina. Ahora debes ser feliz, iniciar otra etapa de tu vida. Mira lo que dice este cuadro: “El presente es todo lo que tenemos”. El pasado no existe, son presentes ya vividos que no tienen la más mínima importancia. No sirve de nada que nos lancemos reproches a nosotros mismos. Existe hoy y nada más. Las niñas, tu familia, el hospital y ahora este chico…

—Manu.

—Manu, eso es.

—Le he pedido que se quede con las niñas mañana por la noche, que yo tengo guardia en el hospital. Normalmente se queda mi madre pero es mayor, ya sabes… Además, quiero que las niñas tengan más relación con él, que se acostumbren a verle en casa, poco a poco, que tengan a su lado la figura de un padre, un padre de verdad. No sé si hago bien.

—Haces lo que debes. No puedes descentrarlas metiendo en casa al primero que llega, eso es de lógica, pero ya que la relación es seria… Laura, tengo que preguntarte: al principio de la terapia me contaste tu pavor a mantener relaciones y tu incapacidad para llegar al orgasmo. Identificabas el sexo con el abuso y la violencia y estabas bloqueada, algo normal, con tu experiencia… En ese aspecto, ¿todo bien?

—Ya te sabes mi vida entera, no voy a andarme ahora con remilgos: creo que he estado guardando diez años de orgasmos para disfrutarlos ahora todos juntos. Ese hombre hace que me corra como una loca.

 

Hoy hemos cenado pizza, pero no de la de calentar en el microondas: la ha hecho Manu y nosotras le hemos ayudado a poner las cosas sobre la masa. Incluso Ruth ha añadido el queso al final… Mamá se ha marchado al hospital antes de cenar, así que se lo ha perdido. Mala suerte.

Mamá ha dicho que como es viernes no hacía falta que nos bañásemos pero después de cenar yo sí me he bañado y Manu me ha ayudado a secarme.

Ahora estoy en la cama. Al otro lado oigo a Ruth, que respira muy fuerte cuando se duerme. Hace un rato Manu le ha puesto la barrera para que no se caiga y nos ha dicho buenas noches, pero acaba de entrar otra vez. Camina muy despacio, como si hubiese cristales en el suelo. Ha corrido la sábana y me pasa la mano por el brazo y por debajo del pelo, como si me lo estuviese cepillando de nuevo. Su mano es caliente y suave y un poco regordeta. Cuando se acerca noto que su aliento también está caliente y huele a queso y a tomate.

En el techo giran la luna y las estrellas de la lámpara que hay sobre la mesilla de Ruth. En medio de la habitación está Sansón, el oso, que vino cuando se murió Sansón, el hámster. Mei también tiene un oso en su habitación pero es un peluche pequeño y ridículo que le compraron los chismosos de sus padres cuando vino de China, ya tiene edad para que le compren otro. Ruth respira muy fuerte y si se despierta dará unos chillidos enormes y mamá vendrá corriendo desde su habitación para tranquilizarla pero mamá ahora está en el hospital y aquí está Manu, las yemas de los dedos de Manu también están calientes, un, dos, tres, umm, cinco, seis, umm…

—Y ahora, Laura, preciosa, necesito que estés muy calladita.

 

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María, en Irreverentes

 

María

María viene todas las mañanas al restaurante, a hacer los baños. Tiene sesenta años muy bien conservados y es una empresaria que paga el recibo de autónomos y tiene gente a su cargo. Tres personas: su hija, su yerno y una nieta.

 

–          Mi yerno tiene mala suerte, el pobre. A unos les viene todo de cara y a otros… Le han llamado de varios trabajos, pero él prefiere esperar un poco a ver si le sale algo de lo suyo.

–          ¿Y qué es lo suyo?

–          Pues hombre, lo suyo

–          Pero ¿él ha estudiado algo?

–          Nada, que yo sepa.

Lo suyo del yerno debe ser cosa difícil porque no le recuerdo ningún empleo, pero si llueve o hace mucho frío recoge a María en el restaurante y la acerca hasta el siguiente trabajo, para que no se moje.

 

A veces pienso que es una mujer desgraciada, pero es posible que yo esté equivocado y su felicidad consista en resultar imprescindible, en tirar del carro, en cargar a sus espaldas todos los errores e imperfecciones de la Humanidad, como si fuesen culpa suya.

Antes de Navidad, cuando los gastos aumentan, le pido que vaya unos días a casa a recoger y a planchar la ropa, lo que sea, para que gane algo más de dinero. El último viernes antes de Nochebuena es feliz como una niña porque va con su hija y su yerno a comprar los regalos y la cena y la comida de Navidad y todo lo que necesita una familia de bien en fechas tan señaladas. Ella se siente rica y generosa; hasta les anima a comprar algún capricho, y el yerno se queja de que gaste tanto sin necesidad.

Hay personas que nacen para sufrir un abuso tras otro, es algo genético y sin solución.

María no la sabe porque es una mujer buena y una esclava de sí misma y nunca fue otra cosa, pero yo sé la verdad y no puedo decírsela, de la misma manera que no puedo decirme ciertas verdades ni siquiera a mí mismo, porque un exceso de verdad convierte la vida en algo insoportable. Y la verdad es esta: que vive rodeada de hijos de puta, que su hija no la quiere, y que su nieta, a la vuelta de unos años, tampoco la querrá, y que nacimos solos y morimos solos y nada sirve para nada.

María deja los baños limpios y relucientes, con olor a pino, y aguantan así todo el día si no llega un cerdo y los estropea.

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La madera de Graves, en el número de Granite&Rainbow

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Si no, puedes leer el artículo aquí:
La madera de Graves
Robert Graves vivió en Deià entre 1929 y 1936. Se marchó de Mallorca con el comienzo de la guerra civil; regresó a la isla en 1946 y allí murió en 1985. Bautizó a su casa Canelluñ. Sobre la repisa de la chimenea guardaba un  trozo de madera que, según Graves, pertenecía a un árbol talado del jardín de Shakespeare.
En Experience, Martin Amis relata su visita, no anunciada, al poeta galés en 1968. El amigo que le acompaña en la excursión, inquieto ante un posible recibimiento hostil, le pregunta cómo debe dirigirse a Graves. “No te preocupes. Trátale como si fuera un dios.” (La explicación de Amis para presentarse en casa de Robert Graves sin previo aviso es que su  explicación real: uno se permite estas actitudes si su padre es uno de los escritores más famosos de Inglaterra. Resto de los mortales, mejor abstenerse.)
Graves llegó a Deià en 1929. Gertrude Stein le había hablado de la isla; supongo que la conversación incluiría idílicas ensoñaciones de una vida tranquila, sencilla y barata (no consta, o yo no lo conozco, el contenido del diálogo.) Para entonces ya había publicado, con éxito notable, Adiós a todo eso, su libro autobiográfico sobre la Gran Guerra. Él se consideraba, ante todo, un poeta; pero la prosa le daba fama y reconocimiento y, lo más importante, constituía una fuente de ingresos económicos de los que Graves no anduvo sobrado hasta edad avanzada. “Crío perros para darme el gusto de tener un gato”, decía con frecuencia. Los perros, claro, eran las novelas y los ensayos, que daban de comer a la poesía, el gato consentido y caprichoso de la familia.
En 1932, Graves comenzó a criar a su perro campeón; en su hocico grabó una frase de inicio genial: “Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestar todavía con todos mis títulos)…” Yo Claudio convirtió a Graves en un escritor famoso muchos años más tarde, pero en un primer momento sirvió para pagar las obras de Canelluñ y construir un hogar digno de la sociedad literaria que constituían Robert Graves y Laura Riding.
Laura Riding y Graves no estaban casados. Fue su legítima esposa, Nancy, quien acompañó a Graves en su visita a Thomas Hardy, en 1920. Viajaban hacia el sur, de Oxford a Devon, en bicicleta. En palabras de Graves: “Empaquetamos unas cuantas cosas y emprendimos el paseo en dirección a Devon. Las noches eran frías y, por no haber llevado mantas, pedaleábamos de noche y dormíamos de día. Atravesamos la llanura de Salisbury, a la luz de la luna, pasamos Stonehenge, y varios campamentos militares desiertos que tenían un aspecto verdaderamente espectral…” ¡Ahí está el poeta! Una pareja pedaleando a la luz de la luna, con las milenarias moles de piedra de Stonehenge como fondo: esa es la imagen (y, sin embargo, puede no ser verdadera; quizá pedaleaban a plena luz del día, rodeados de campesinos que se dirigían a sus tierras de labor. Confiemos en la escritura de Graves, pero mantengamos la sospecha ante lo que cuenta: quizá el viaje no fue exactamente éste, quizá no dejó nunca de amar a Nancy – a pesar de Laura -, quizá la madera de la chimenea jamás estuvo en el jardín de Shackespeare y era un simple resto hallado en sus paseos por la playa…)
En 1898, Thomas Hardy dejó de escribir novelas y empezó a escribir poemas y a recibir visitas. Todo aquel ciudadano de la vieja Inglaterra que escribía o pretendía hacerlo rindió una visita al hogar de Hardy: Virginia Woolf, T. E. Lawrence, Sassoon, Wells… todos pisaron el suelo de Max Gate (el enorme caserón de Hardy) como si necesitasen la bendición del novelista retirado para decidirse a crear su propia obra. Cosas de artistas.
Por lo que escribe Graves en Adiós a todo eso, Hardy no descubría los secretos arcanos de la creación a los cachorros de escritor. Si acaso, daba consejos y dejaba comentarios muy genéricos. Comentario a Graves sobre su técnica de escritura: “no he realizado en toda mi vida más de tres esbozos de un poema, antes de fijar su forma definitiva.” Consejo
a Graves (extremadamente original): “lleva siempre papel y lápiz para no olvidar las buenas ideas que se te ocurran.”
No parecen grandes ayudas, pero quién sabe…
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Llegué a Deià temprano. No había sol ni turistas. Cuando abrieron la casa busqué la chimenea casi a la carrera, como si el resto no me interesase (no me interesaba). La madera no estaba. Más tarde, vagué por las calles del pueblo, ridículamente decepcionado por la ausencia de un objeto sin importancia y cuya inexistencia, de algún modo, ya sospechaba. La visita me parecía una pérdida de tiempo: más me habría valido quedarme en la playa, con los demás.
Entré en una cafetería a desayunar, cerca de la casa de Graves. Sin que yo preguntase, mientras esperaba mi tostada, el camarero me contó como el poeta tomaba allí el aperitivo con frecuencia; pero la mugrienta carta aseguraba “En Deià, desde 1989.” Mordisqueé la tostada y salí: no tenía ganas de escuchar el tintineo de las dos máquinas tragaperras ni las gilipolleces del camarero.
Elegí una vieja tasca, quizá la más antigua del pueblo, para pedir otro café. Dos hombres conversaban y miraban por la ventana; por su edad, ellos sí habrían conocido al galés. En el local reinaban el silencio y la penumbra y un ambiente de pub portuario muy británico, o yo lo imaginé así. Pregunté al camarero. “¿Graves? –respondió.- Sí, creo que paraba por aquí alguna vez, cuando esto lo llevaba mi padre.”
Detrás del mostrador, entre la caja registradora y las botellas de ginebra, colgaba un trozo de madera negruzco, como de medio metro de longitud. “Curioso adorno, esa madera, ¿no?”, opiné. “¿Eso? Lo colocó ahí mi padre, hace un montón de años, vaya usted a saber de dónde lo sacaría… Le gustaba mucho. Cuando dejó el bar me hizo prometerle que no lo retiraría de su sitio, y ahí lo tiene usted: una promesa es una promesa…”
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Hogarth en el número 23 de Granite&Rainbow

 

Aquí tenéis el enlace al número 23 de la revista Granite & Rainbow. Con entrevistas a Alejandro Palomas y a Luis Magrinyà (director de ese gabinete de las maravillas que es la colección Alba Clásica.)

Dedicado a los diarios de escritores. Con artículos de Ainize Salaberri, Fusa Díaz, María Zaragoza… ¡Una gozada!

Incluye dos textos míos, titulados Hogarth y Cervantes , superviviente.

Si queréis leer la revista, haced click en la imagen:

gr-23

 

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