Presentación de la novela Sangre de bellota, de Nacho Herranz

Prsentación de Sangre de bellota en Cervantes & Cia.

El viernes 25 de febrero se ha presentado en la librería Cervantes & Cia (¡nos encanta este sitio!) la novela Sangre de bellota, de Nacho Herranz (reconocido redactor publicitario, ahora novelista, y mi hermano de toda la vida).

La librería llena a más no poder, todos los ejemplares vendidos, el vino estupendo, la presentación muy divertida… deseando que se publique la segunda parte por darnos el gusto de presentarla, vamos.

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Presentación de Subway VII: homenaje a Virginia Woolf

Tere Oteo y un servidor en la presentación de Subway VII: homenaje a Virginia Woolf

El jueves 23 de febrero, en la Biblioteca Eugenio Trías, tuvo lugar la presentación en Madrid de la antología Subway VII: homenaje a Virginia Woolf, en la que se incluye mi relato La tortilla de patatas de Virginia Woolf.

Presentó Tere Oteo, divertida e inteligente (as usual).

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Jane Austen y Emily Brontë toman el té en terreno neutral

-Cortejo y matrimonio. Pasión: cero. ¿Sabes lo que dijo Charlotte?
-¿Lo del jardín vallado y cultivado y nada de aire fresco…? Tonterías. Austen es la diosa del amor desde hace doscientos años. Lo sabe todo el mundo.

Han encendido una hoguera para protegerse del frío. El fuego dibuja sombras en las paredes de la fábrica abandonada. Es un espacio inmenso. El eco multiplica el sonido que provoca la madera al astillarse y lo convierte en una sucesión de breves perdigonazos y explosiones violentas.
Están solas en el edificio.
Jane no teme la llegada de otros vagabundos; no le asustan ni la oscuridad ni el frío. Jane solo teme a las ratas. Emily tiene al alcance de la mano un tubo de acero y en el bolsillo guarda la navaja suiza que encontró en el armario de su padre.

-Y todas esas niñas babeando detrás de los relamidos de sus novios. ¡Por Dios! Me ponen enferma, ¿es que no tienen vida propia? ¿Sabes con que edad casan a Lydia Bennet? ¡Dieciséis años! Roza la pederastia.
-Las chicas se casaban muy jóvenes entonces, no solo en las novelas de Austen.
-Y toda esa fijación con el dinero y la dote… Llevan una calculadora dentro de las bragas.
-¿Sabes lo que ocurre? Que saben diferenciar el amor y la obsesión. No son enfermas mentales. Si el amor fuese como lo pinta Brontë, eso que hay entre Catherine y Heathcliff, el género humano ya se habría extinguido.

Apenas tienen nada. Llevan algo de ropa en las mochilas, las cazadoras que no se han quitado y un poco de comida que se terminará con el desayuno de la mañana siguiente. Tienen seiscientos euros. Tienen también las bolsas con los libros. Orgullo y prejuicio y Mansfield Park en la de Jane; el resto de las novelas se ha quedado en la estantería, no pueden cargar con demasiado peso. Emily lo ha tenido más fácil: Cumbres borrascosas en edición de Alianza, nada de tapa dura.

-Será mejor que lo dejemos, Emily. No podemos malgastar energías.

Tienen la euforia de la libertad y, por encima de todo lo demás, la borrachera interminable de su amor.
Emily canturrea en voz muy baja, apenas un susurro, para ahuyentar el silencio cargado de sonidos extraños. Por las esquinas algo corre, algo se desliza pared abajo; el metal herrumbroso chirría en las alturas.

-Empieza a hacer frío -dice Jane.

Emily la rodea con los brazos y las piernas. Aspira con fuerza el olor a cuero de la chaqueta de Jane y recuerda el día que la conoció. Una chica estrafalaria, pensó. Una rara.
Luego, otra tarde, no mucho después de aquel primer día, hablaron de Austen y de Brönte, y cayó un meteorito en sus vidas. La gran extinción; la desaparición de todo aquello que no fuese ellas dos.
Emily besa a Jane en el pelo. Un beso fugaz, de niña pequeña.

-¿Sabes, Emily? Austen nunca habría hecho esto.
-Austen era una pija.

Hace meses que son Jane y Emily; sus viejos nombres ya no les sirven. Nombres abandonados, como la fábrica, para una vida que ya no existe. Nombres vacíos que ya no dicen nada, que no designan a nadie.

-Entonces, ¿a Londres?
-Sí. Y después, a cara o cruz. A Hampshire o a Haworth, con Austen o con Brontë: ya veremos.
Jane arroja un par de maderas a la hoguera. Envidia la seguridad de Emily. Si pudiese, se fundiría con ella. Cosería su piel a la de ella. La devoraría para poseerla, entera, en su interior.
-Y luego trabajaremos de camareras, señorita Jane. Y merendaremos té con pastas todas las tardes.

Y entonces deja de abrazar a Jane, solo un segundo, el tiempo imprescindible para buscar con los dedos ateridos el termo y las dos tazas de plástico en la mochila.

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Crímenes callejeros

La editorial Playa de Ákaba publica la antología Crímenes callejeros, en la que tengo el placer de participar. Entre los autores que me acompañan en el libro están Betina González (premio Tusquets de novela con Las poseídas), Jorge Fernández Díaz (La hermandad del honor, El puñal…) y José Mª. Gatti (Hola, Hemingway)

Mi relato es Abbadón, una historia de venganza y pérdida de control.

(Por cierto: el libro puede comprarse directamente en la web de la editorial: www.playadeakaba.com)

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Irina, de Kiev

 

Diana no se llama Diana, naturalmente: su nombre es Irina y nació en Ucrania. Cree que su nombre falso resulta más sexy pero yo le explico que no, que Irina es un nombre exótico y sugerente, se lo repito de vez en cuando sin convicción ni esperanza porque sé que a sus clientes les importa una mierda si se llama Diana o Irina o si no tiene nombre y ha caído de Júpiter. Como a todas las chicas, si es negra la llaman negra y si es del este la llaman rusa, y con eso vale. La negra de la plaza, la rusa del cruce… Irina es la rusa de la esquina del restaurante.

Yo nunca le he pagado un polvo a Irina ni pienso hacerlo, por una postura ética pero también por una razón práctica: a Irina le gusta cocinar. Algunas mañanas, cuando ya han terminado los desayunos y aún no es la hora de adelantar menús, me siento con
Irina en el borde de la acera y hablamos de comida.

-Los blinis se pueden hacer con casi todos los pescados. Mi madre los hace con salmón, pero yo los prefiero con arenque y huevas, como le gustaban a mi padre, y cocinados al horno en vez de fritos, porque llenan menos. Pero claro, cada uno tiene sus gustos.

Un polvo pagado disiparía nuestra extravagante amistad y no tengo demasiados amigos con los que hablar de cocina.

Irina habla buen español porque estudia Hispánicas en su país. Viste poca ropa o ropa ajustada, según el clima, y con frecuencia me descubro sentado, con mi blusón blanco y mi gorro de cocinero conversando de blinis y leche amarga y bizcochos borrachos con una chica en tanga y con tacones de aguja, que se coloca el bolso sobre las rodillas, quizá por pudor, quizá como un aviso de que está en su hora de descanso y no admite pedidos.

Se permite estos ratos de ocio porque no trabaja para nadie. Es una profesional independiente, algo inusual entre las chicas, sea cual sea su nacionalidad, que siempre tienen detrás un grupo de fieles protectores muy celosos de su rendimiento laboral. Eso sí, Irina paga un dinero por el uso exclusivo de su esquina. Yo pago el alquiler de mi local y ella paga sus metros de acera: la lógica implacable del mercado, el orden de la mano invisible que ajusta y regula e impide que surjan problemas entre las putas, que tienen establecido de manera estricta su sitio y su horario. Adam Smith como vacuna contra la anarquía.

Irina trabaja por temporadas. Durante seis meses explota su éxito a unos metros de mi restaurante; los otros seis meses del año gasta sus ahorros en Kiev, estudia Filología, compra regalos a sus sobrinos, trata a su madre como a una reina, se acuesta de vez en cuando con algún novio fugaz que tiene que ganarse el premio, vive como una mujer alegre y despreocupada. No todo el mundo tiene la valentía de pagar con la mitad de su vida la felicidad de la otra mitad.

Una noche, hace varias semanas, invité a Irina a cenar en mi restaurante. Estábamos solos y cocinaba ella. Borscht caliente. Creo que estaba bueno, pero yo no lo había probado nunca y no tenía con qué compararlo. Irina se había cambiado su ropa de trabajo y vestía un vaquero, zapatillas deportivas, camisa blanca, el pelo recogido en una coleta. La Irina de Kiev ennoblecía un humilde restaurante de polígono.

Muchas horas más tarde, cuando ya habíamos bebido más de la cuenta y nos habíamos mentido nuestras vidas, y cuando nos habíamos arrancado alguna confesión que parecía sincera, la acompañé a su casa. Ante su puerta, despejados por el frío y por el paseo, me regaló dos besos, uno en cada mejilla, y se despidió desde la ventana agitando su mano.

Creo que Irina también sabe en qué consiste nuestro amor.

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Presentación de la antología Crímenes callejeros.

El 20 de octubre, dentro de los actos del Festival Getafe Negro 2016, se presentó la antología Crímenes callejeros, editada por Playa de Ákaba.

Fue en el Café El violín, lleno a rebosar de escritores, amigos y buena gente en general. Allí estaban Noemí Trujillo, Tere Oteo (responsable de la antología), Betina González (autora de esa novela inquietante que es Las poseídas -disponible en Tusquets-) y muchos de los autores que participan en el libro.

Una tarde estupenda en la que pudimos disfrutar de un buen puñado de relatos criminales.

(En la imagen, Elías López de la Nieta me ilumina el texto con la luz del móvil. Gracias de nuevo, Elías.)

Un, dos, tres, umm…

Os dejo enlace a la publicación en Irreverentes (clic en la imagen)

un-dos-tres-umm

Y a continuación el texto completo del relato:

Un, dos, tres, umm; cinco, seis, umm; ocho, umm; diez, once, doce, umm…

Mamá me enseñó este juego para ahuyentar el miedo. Ella dice que me lo enseñó una vez que la enfermera tuvo que inyectarme una vacuna pero yo no lo recuerdo, aunque puede que sea verdad porque no me gustan nada las inyecciones. Cuando Ruth sea mayor voy a enseñarle a contar de esta manera, saltando números. Y pienso cantarle también las canciones, sobre todo la de Susanita y el ratón, que es una canción de cuando mamá era niña. Ahora Ruth no entiende nada de esto, porque es pequeña y además tiene lo de la cabeza pero, en cuanto sea como yo y los médicos la hayan curado, se lo va a aprender todo en un pis pas.

Claro está que ella no va a tener que contar números tantas veces como yo; los contará sólo cuando le apetezca o cuando vaya a ver a la enfermera por lo de la vacuna y nada más. Yo he contado muchos números salteados: una vez llegué casi al mil. Pero ella no va a tener que contar números cada vez que papá se ponga enfermo porque papá ya no está.

Papá estaba enfermo de los nervios, eso me ha contado mamá. Los nervios son una enfermedad terrible de la que no te pueden vacunar y que no se cura con una inyección, y hacen que las personas griten y se vuelvan muy raras. Y cuando las cosas se ponen así hay que cantar canciones o contar números para no oír los golpes y las voces y para no hacerse pis en el pijama.

 

—Y las niñas, ¿qué tal lo llevan?

—Ahora está todo más tranquilo, claro. Ruth aún es pequeña y ya sabes el problema que tiene. Laura es muy espabilada; ha visto mucho, la pobrecita.

—Ya… ¿Y qué les has contado?

—Bueno, la verdad es que no sé si he hecho bien pero algo tenía que explicarles. Les he dicho que su padre está en un hospital, muy lejos, y que ya no regresará nunca. Que está tan lejos que no podemos ir a visitarle. Y también les he dicho que piensen en él como si hubiera… muerto.

—Laura, sabes que él volverá algún día. No con vosotras, naturalmente. Pero cumplirá lo suyo y volverá, y querrá ver a las niñas.

—¿Para qué va a querer verlas? Tú conoces a Ruth, has visto cómo está. Es…es…

—Laura… Venga, Laura, ya está. Bebe un poco de agua. Vamos… Esto ya lo hemos hablado; lo de Ruth no es culpa tuya. Siempre será una niña especial y tienes que aceptarlo. Además, sabes que puede evolucionar mucho pero tienes que ser fuerte para ayudarla. Tú no tienes la culpa. Fue él quien…

 

De esa enfermedad de los nervios no se muere nadie, me parece. De todas maneras, mamá dice que es como si papá ya no existiese, que ya no volverá jamás y que tengo que pensar en él como si estuviese muerto. Pero no muerto como el abuelo o como Sansón el hámster, sino muerto de otra manera. El abuelo está en el cementerio junto a la abuela y Sansón está al lado del árbol grande del parque, en un agujero que hicimos Ruth y yo (bueno, en realidad lo hice yo sola porque Ruth no sabe sacar tierra con la pala); pero papá no está enterrado en ninguna parte, está en otro mundo diferente. Es como una película: existe nuestro mundo y el mundo de papá, y es totalmente imposible que los dos mundos lleguen a juntarse.

Una vez escuché a mamá contándole a la tía Blanca que se encontraba muy sola y que era una carga muy grande para ella sola. Las madres no saben que cuando estás dibujando en la cocina no te vuelves sorda y puedes escuchar lo que hablan los demás; a mi amiga Mei, que es española pero también es china, le pasa lo mismo, que se entera de todo lo que hablan sus padres y según dice uno de los temas favoritos que tienen es cuchichear acerca de papá y mamá, y también hablan de Ruth y de un día que papá le dio una patada a mamá en la tripa, no sé qué les importará a ellos, parece que no tienen otra cosa en que pensar.

Mamá se sentía sola pero ahora ya no lo está, porque tiene a Manu. Yo no les he visto darse besos ni nada, pero sé que son novios, no hay que ser la más lista del barrio para darse cuenta. Manu trabaja con mamá en el hospital, creo que es enfermero y pone inyecciones. Estoy segura de que si alguna vez tiene que pincharme no me va a hacer falta contar números, porque pondrá cuidado. Los días que él viene a cenar a casa, mamá baña a Ruth y después Manu me ayuda a lavarme la cabeza, porque arreglar a mi hermana lleva su tiempo y así mamá ya no se queja de lo de la carga para ella sola. Que yo sepa, papá no me bañó nunca, lo más que hacía era gritar “¡Laura, saca a la niña!”, pero claro, papá tenía la enfermedad de los nervios y Manu, no.

 

—Y entonces, ¿él se ha hecho bien a las crías?

—Sí, es muy cariñoso con ellas, es un sol.

—Te lo dije, Laura: la vida no es un collar, con una cuenta enganchada a la siguiente, y el día que el collar se parte van todas al suelo y todo está perdido. No es así. La vida está compuesta de una cantidad enorme de momentos sucesivos pero independientes unos de otros y tu infelicidad de los últimos años no la determina. Ahora debes ser feliz, iniciar otra etapa de tu vida. Mira lo que dice este cuadro: “El presente es todo lo que tenemos”. El pasado no existe, son presentes ya vividos que no tienen la más mínima importancia. No sirve de nada que nos lancemos reproches a nosotros mismos. Existe hoy y nada más. Las niñas, tu familia, el hospital y ahora este chico…

—Manu.

—Manu, eso es.

—Le he pedido que se quede con las niñas mañana por la noche, que yo tengo guardia en el hospital. Normalmente se queda mi madre pero es mayor, ya sabes… Además, quiero que las niñas tengan más relación con él, que se acostumbren a verle en casa, poco a poco, que tengan a su lado la figura de un padre, un padre de verdad. No sé si hago bien.

—Haces lo que debes. No puedes descentrarlas metiendo en casa al primero que llega, eso es de lógica, pero ya que la relación es seria… Laura, tengo que preguntarte: al principio de la terapia me contaste tu pavor a mantener relaciones y tu incapacidad para llegar al orgasmo. Identificabas el sexo con el abuso y la violencia y estabas bloqueada, algo normal, con tu experiencia… En ese aspecto, ¿todo bien?

—Ya te sabes mi vida entera, no voy a andarme ahora con remilgos: creo que he estado guardando diez años de orgasmos para disfrutarlos ahora todos juntos. Ese hombre hace que me corra como una loca.

 

Hoy hemos cenado pizza, pero no de la de calentar en el microondas: la ha hecho Manu y nosotras le hemos ayudado a poner las cosas sobre la masa. Incluso Ruth ha añadido el queso al final… Mamá se ha marchado al hospital antes de cenar, así que se lo ha perdido. Mala suerte.

Mamá ha dicho que como es viernes no hacía falta que nos bañásemos pero después de cenar yo sí me he bañado y Manu me ha ayudado a secarme.

Ahora estoy en la cama. Al otro lado oigo a Ruth, que respira muy fuerte cuando se duerme. Hace un rato Manu le ha puesto la barrera para que no se caiga y nos ha dicho buenas noches, pero acaba de entrar otra vez. Camina muy despacio, como si hubiese cristales en el suelo. Ha corrido la sábana y me pasa la mano por el brazo y por debajo del pelo, como si me lo estuviese cepillando de nuevo. Su mano es caliente y suave y un poco regordeta. Cuando se acerca noto que su aliento también está caliente y huele a queso y a tomate.

En el techo giran la luna y las estrellas de la lámpara que hay sobre la mesilla de Ruth. En medio de la habitación está Sansón, el oso, que vino cuando se murió Sansón, el hámster. Mei también tiene un oso en su habitación pero es un peluche pequeño y ridículo que le compraron los chismosos de sus padres cuando vino de China, ya tiene edad para que le compren otro. Ruth respira muy fuerte y si se despierta dará unos chillidos enormes y mamá vendrá corriendo desde su habitación para tranquilizarla pero mamá ahora está en el hospital y aquí está Manu, las yemas de los dedos de Manu también están calientes, un, dos, tres, umm, cinco, seis, umm…

—Y ahora, Laura, preciosa, necesito que estés muy calladita.

 

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María, en Irreverentes

 

María

María viene todas las mañanas al restaurante, a hacer los baños. Tiene sesenta años muy bien conservados y es una empresaria que paga el recibo de autónomos y tiene gente a su cargo. Tres personas: su hija, su yerno y una nieta.

 

–          Mi yerno tiene mala suerte, el pobre. A unos les viene todo de cara y a otros… Le han llamado de varios trabajos, pero él prefiere esperar un poco a ver si le sale algo de lo suyo.

–          ¿Y qué es lo suyo?

–          Pues hombre, lo suyo

–          Pero ¿él ha estudiado algo?

–          Nada, que yo sepa.

Lo suyo del yerno debe ser cosa difícil porque no le recuerdo ningún empleo, pero si llueve o hace mucho frío recoge a María en el restaurante y la acerca hasta el siguiente trabajo, para que no se moje.

 

A veces pienso que es una mujer desgraciada, pero es posible que yo esté equivocado y su felicidad consista en resultar imprescindible, en tirar del carro, en cargar a sus espaldas todos los errores e imperfecciones de la Humanidad, como si fuesen culpa suya.

Antes de Navidad, cuando los gastos aumentan, le pido que vaya unos días a casa a recoger y a planchar la ropa, lo que sea, para que gane algo más de dinero. El último viernes antes de Nochebuena es feliz como una niña porque va con su hija y su yerno a comprar los regalos y la cena y la comida de Navidad y todo lo que necesita una familia de bien en fechas tan señaladas. Ella se siente rica y generosa; hasta les anima a comprar algún capricho, y el yerno se queja de que gaste tanto sin necesidad.

Hay personas que nacen para sufrir un abuso tras otro, es algo genético y sin solución.

María no la sabe porque es una mujer buena y una esclava de sí misma y nunca fue otra cosa, pero yo sé la verdad y no puedo decírsela, de la misma manera que no puedo decirme ciertas verdades ni siquiera a mí mismo, porque un exceso de verdad convierte la vida en algo insoportable. Y la verdad es esta: que vive rodeada de hijos de puta, que su hija no la quiere, y que su nieta, a la vuelta de unos años, tampoco la querrá, y que nacimos solos y morimos solos y nada sirve para nada.

María deja los baños limpios y relucientes, con olor a pino, y aguantan así todo el día si no llega un cerdo y los estropea.

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